Murmura un manantial de delgada y límpida corriente y rodeado, en su amplia salida, de orillas herbosas. Aquí solía la diosa de las selvas, cuando estaba fatigada de la caza, bañar en el cristalino líquido sus miembros virginales. Cuando llegó allí, entregó a una de sus ninfas, que cuidaba de sus armas, la jabalina, la aljaba y el arco destensado; otra recogió en los brazos el vestido que la diosa se ha quitado; otras dos le desatan el calzado. Y mientras allí se baña la Titania, en sus aguas acostumbradas, he aquí el nieto de Cadmo, después de suspender sus trabajos, y errando a la ventura por un bosque que no conoce, llega a aquella espesura, pues los hados lo llevaban. Tan pronto como penetró en la gruta que destilaba la humedad del manantial, las ninfas, al ver a un hombre, desnudad como estaban, se golpearon los pechos, llenaron de repentinos alaridos todo el bosque, y rodeando entre ellas a Diana la ocultaron con sus cuerpos; pero la diosa es mas alta y les saca a todas la cabeza. "Ahora te está permitido contar que me has visto desnuda, si es que puedes contarlo". Y sin más amenazas, le pone en la cabeza que chorreaba unos cuernos de longevo ciervo, le prolonga el cuello, hace terminar en punta por arriba de sus orejas, cambia en pies sus manos, en largas patas sus brazos, y cubre su cuerpo de una piel moteada. Añade tambié un carácter miedoso; huye el héroe hijo de Autónoe, y en su misma carrera se asombra de verse tan veloz. Y cuando vio en el agua su cara y sus cuernos: "¡Desgraciado de mí!" iba a decir, pero ninguna palabra salió.
Estrabón, Geografía, III
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miércoles, 12 de marzo de 2014
miércoles, 29 de enero de 2014
Minerva es Atenea
Atenea, la diosa protectora de Atenas, es la figura más civilizada, sabia y culta del universo religioso de los griegos, donde abundaban las deidades familiarizadas con el crimen y escaseaban aquellas que alentaban el progreso del espíritu. Nació de la cabeza de Zeus, a quién le abrió el cráneo, según algunos, Prometeo, y según otros, el dios Hefesto. Los ojos de la diosa eran grandes y brillantes como los de una lechuza. Era la única deidad del Olimpo, al parecer, que reflexionaba antes de obrar, lo que suponía no poco mérito ante aquella tribu de salvajes incontinentes que poblaban el Olimpo.Atenea era virgen--"la eterna doncella", la llamaban--, y aunque muchos dioses la pretendía, ella no aceptó nunca yacer con ninguno. Pese a que se le asocia con la guerra y a menudo la vemos armada con casco, lanza y escudo, no sentía especial pasión por la pelea y procuraba dirimir las disputas por medio de la negociación. Cuando luchaba al fin, siempre porque no le quedaba otro remedio, nadie era capaz de derrotarla, pues era mejor estratega que ningún dios o general. Su fuerza, pues, residía en su inteligencia y no en su valor. Diosa de las artes y de las ciencias, inventó cosas útiles y hermosas, como la olla, el arado, el carro, el barco, la flauta y la trompeta. También fue ella quien plantó el primer olivo.
Corazón de Ulises.
miércoles, 8 de enero de 2014
Juno, Diosa celosa y vengativa.
La ciudadela de Roma y el Capitolio corrieron un grave peligro. Pues los galos, sea que hubiesen observado huellas humanas por donde había pasado el mensajero de Veyes, sea que por sí mismos hubiesen observado junto al templo de Cementa una roca fácil de subir, como una noche ligeramente iluminada primero hubiesen enviado delante a un hombre desarmado para que examinase el camino, y al que entregaban después las armas donde hubiese algún lugar abrupto, apoyándose unos a otros, ayudándose recíprocamente y tirando unos de los otros, conforme lo exigiese el lugar, lograron llegar a la cumbre en medio de un silencio tan grande que no solo engañaron a los guardianes, sino que ni siquiera despertaron a los perros, animal atento a los ruidos nocturnos. No engañaron a los gansos sagrados de Juno, a los que había protegido a pesar de la suma escasez de comida. Esto fue lo que les salvó; pues sus gritos y aleteos despertaron a M. Manlio, que había sido cónsul dos años antes y hombre distinguido en la guerra: tras coger de prisa las armas, se lanza al mismo tiempo que llama a los soldados a las armas y, mientras los demás corren precipitadamente, derriba con un golpe de su escudo a un galo que ya se había situado en la cima.
Tito Livio, Los orígenes de Roma, Libro V.
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